jueves, 31 de diciembre de 2009

Un momento de transformación

En tal estado de shock quedé tras el último taller que me vi obligado a poner por escrito la experiencia a la que nos sometió María. Esta es la crónica.


El año pasado hice el curso de Practitioner de PNL. Fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Allí me hablaron de juegos de poder, de justificaciones, de proyecciones. Empecé a ver cómo estaba aplicando todo aquello a otros y cómo me estaba siendo aplicado a mí. Me pareció fascinante. Conocí gente muy interesante, y cada vez que un sábado por la tarde salía de uno de estos talleres me sentía renacido. La profesora nos apretaba las clavijas, y yo cada vez me sentía más afinado.

Este año estaba deseando que empezara por fin el Máster, y lo hizo en Octubre. Más gente nueva, más buen rollo, más explicaciones sobre juegos de poder, justificaciones y proyecciones. La profesora ya nos había avisado de que, si en el Practitioner nos parecía que nos metía caña, en el Máster nos íbamos a sentir literalmente apaleados. Frases habituales de la profesora al interaccionar con los alumnos son del tipo "No me has respondido a la pregunta", "A mí me dan igual tus justificaciones" o "Eso que me estás contando es un montón de basura". Cada vez más prietas las clavijas, cada vez más fino, cada vez más sólido y compacto. Los sábados por la tarde salgo de allí como si hubiera tomado drogas.

A lo largo de este año y medio hemos hecho muchos ejercicios. Muchos de ellos implican acceder a situaciones violentas o traumáticas del pasado. Es relativamente habitual ver a los compañeros romper a llorar. Hay abrazos por doquier.

En este año y medio, nunca había llorado antes, y empezaba a pensar que era un bicho raro. Tenía incluso ganas. Deseaba ser capaz de romper a llorar delante de mis compañeros. Este fin de semana al fin sucedió.

Lloré. Lloré como una magadalena. Lloré como un niño, con esas lágrimas de las que me gusta sentir. Lloré de emoción, a dos ojazos. Lágrimas precipitándose en cascada sobre mis mejillas. No fui el único. Hasta la profesora lloró. Fue raro el que no lo hizo. Yo nunca había asistido a nada semejante a lo que vi allí. Me sentí privilegiado por haber podido experimentar lo que aconteció el sábado pasado en aquella habitación.

La profesora improvisó un pequeño ejercicio en el que cada uno de nosotros debíamos encontrarnos con una versión evolucionada de nosotros mismos. Lo hacíamos por turnos; uno hacía el ejercicio y los demás miraban. Al ser el ejercicio improvisado, los pasos se fueron refinando con cada persona y los resultados eran cada vez más espectaculares. Después de cuatro o cinco compañeros, me tocó a mí.

Respiré hondo y puse las manos sobre los muslos. Miré a mi alrededor. Todos los ojos estaban clavados en mí. Me sentí más expuesto que metido en una pecera y colgado en la plaza del ayuntamiento. Aquello iba a ser difícil. Respiré hondo otra vez y cerré los ojos.

"Imagina que tienes ante ti a una versión evolucionada de ti mismo. ¿Qué aspecto tiene? Descríbemelo.

Empecé con la descripción. Llevaba unos vaqueros y una camisa azul, y circulaba tranquilamente por la calle más hinchado que un pavo. Se le veía que se sentía muy bien; tranquilo, confiado, seguro de sí mismo. Pocas cosas parecían importarle en aquellos momentos, si es que había alguna. Una amplia sonrisa surcaba su rostro.

La profesora me pidió que imitara a aquel tipo, y en cuanto lo hice cambió mi postura. Mi espalda se enderezó, mis hombros se levantaron, mi respiración se hizo más profunda y más relajada. Me hinché como un pavo. Tuve miedo de que me creciera una cola de colores. Luego la profesora me preguntó por la mirada de aquel ser y me pidió que abriera los ojos para que todos la pudiéramos ver.

Abrí los ojos y la experiencia se hizo más difícil todavía. Soy muy visual, vivo básicamente en imágenes y a través de ellas. En cuanto vi la habitación, perdí inmediatamente fuelle. La profesora lo leyó en seguida y me dijo "Vuelve, vuelve". No sin gran esfuerzo, volví.

"¿Cómo es el rostro de esa persona? ¿Cómo es su sonrisa? Imítalo". Hice un esfuerzo titánico. Noté mis mejillas temblando. Empecé a notar que el resto del cuerpo también empezaba a temblar. El cuello, los hombros, el pecho, los brazos. "Tú puedes", dijo la profesora, "sopórtalo". Temblando como un flan, sintiendo escalofríos, seguí adelante. Aquella sensación era realmente insoportable, y cuando la profesora me dijo que lo intensificara, creí que no sería capaz.

Ella estaba sentada en su silla en el centro de la imagen que me mostraban mis ojos. Cuando pienso, cada vez que tengo un pensamiento, muevo ligeramente mis ojos. Todos lo hacemos, aunque raramente lo percibimos. Veía la imagen de la profesora y esa imagen empezó a vibrar. Ella se debió de dar cuenta de alguna manera a pesar de estar a tres metros de distancia, porque me dijo "¡Deja de pensar!". Traté de dejar de pensar, y era inútil. Podía ver la imagen vibrando y ser consciente de cada pensamiento, por pequeño que fuera, aunque sólo fuera una palabra, una imagen, una sílaba, un sonido. Estaba en un estado mental en el que no había estado nunca. Tenía vértigo. Estaba aterrorizado. La imagen vibraba cada vez más y yo la estabilizaba una y otra vez. Volvía en cada ocasión al punto anterior y luego daba un pasito más, y cada vez lo hacía más rápido. La imagen vibraba como si un terremoto estuviera sacudiendo la habitación. No sabía cuánto tiempo más sería capaz de soportar aquello. Y entonces lo sentí.

Duró sólo un instante. La habitación por fin se estabilizó, fijé la imagen como si fuera una foto y de repente fui consciente de lo que estaba sintiendo. Sentí como si mi cuerpo entero fuera a estallar, como una fuerza que naciera de cada una de mis células, como un fuego que me hervía en cada punto de mi cuerpo, como un orgasmo brutal. Como si todo yo fuera una energía inconmensurable que estuviera a punto de explotar en aquel segundo. Como si una bomba atómica hubiera comenzado a detonar en mi interior. Dicen que soy bueno con las palabras, pero lo cierto es que en estos momentos me siento terriblemente torpe. Simplemente no conozco palabras para describir aquello. No lo puedo explicar mejor.

Al sentir aquello, mi cara se desencajó en una mueca de descomunal sorpresa. Abrí la boca tanto como pude y mis ojos se abrieron de par en par mandando las cejas a la altura del cogote. Permanecí en aquel estado todavía unos segundos más, hasta que volví a ser consciente de que estaba en una habitación rodeado de un montón de compañeros que me miraban fijamente, las manos agarradas a la silla y los ojos como platos. Había gente llorando. La caja de pañuelitos circulaba de mano en mano.

Me tuve que levantar. No podía permanecer allí sentado. Salí de la habitación y bebí agua. Di vueltas en círculo. Me sentía como si acabara de saltar en paracaídas. Cuando me acosté aquella noche todavía no me había recuperado. Tenía la certeza de que habría un antes y un después en mi vida después de aquella mañana.

"Ha sido increíble", "Estabas a punto de explotar", "Me he conmovido muchísimo", "Me han entrado ganas de follarte", fueron algunos de los comentarios que me hicieron los compañeros. Parecían estar tan conmocionados como yo.

"Ahora nos tenemos que ir a comer" dijo la profesora. "Tenemos poco tiempo esta tarde, ¿alguien más quiere hacer el ejercicio o lo dejáis correr?". Se levantaron todas las manos, incluso las de los más tímidos. Todos querían pasar por aquello.

Habíamos hecho la cena de navidad la noche anterior. Nos habíamos acostado a las cuatro de la mañana con unas cuantas copas. Yo había dormido cinco horas y me había levantado hecho una mierda, pero en aquel momento podía ponerme a volcar coches con mis propias manos.

Era incapaz de asimilar aquella experiencia. No tenía ni idea de qué era aquello que había sentido. Mi mente rebotaba en todas direcciones tratando de encontrar una arista de la que colgarse. Y lo hacía en vano.

Comimos y volvimos a clase. Yo necesitaba saber más sobre aquello, así que pregunté a la profesora en cuanto nos volvimos a sentar.

—¿Cómo puedo sentirme así las 24 horas del día? —dije.

—Ni puedes ni debes —contestó—. Tu mente no está preparada todavía para estar en ese estado de manera permanente. Y lo que es peor: si estuvieras así todo el día, te encerrarían. La gente a tu alrededor se asustaría muchísimo.

Recordé mi experiencia en Dublín hacía ya casi dos años. Aquellos que me vieron se cagaron encima. Terminé pasando por dos psicólogos y un psiquiatra para que certificaran que seguía en mis cabales. Entendí perfectamente a qué se refería.

Pasé en unos segundos por la negación, por la rebeldía, por la negociación, y llegué de cabeza a la depresión. Quería volver a sentir aquello. Era mío. Aquello era una droga y yo el boticario, y no podía volver a pasar detrás del mostrador aunque fuera mi propia farmacia. Y me pareció una mierda. Tardé un par de minutos en aceptarlo. Me quedé con una de sus últimas frases "Un día, este estado será para ti ordinario, y entonces querrás buscar más". Oh, sí. Dámelo todo.

Después hicieron el ejercicio cinco compañeros. Lloré al ver a cada uno de ellos pasar por aquella experiencia. Casi nos fundimos la caja de pañuelos.

Al final el ejercicio se terminó conviertiendo en un espectáculo. La mitad de la clase nos sentamos en el suelo y el sujeto se sentaba en una silla central. Sólo faltaban las palomitas.

Algunos de mis compañeros, durante el ejercicio, movieron los brazos. Otros se levantaron de la silla. Una compañera experimentó algo que a mí me pareció un orgasmo. Lloré y lloré de emoción. Una y otra vez.

Me resultó increíble la transformación que experimentaron, cómo sus miradas y sus rostros dejaban el gris cenizo habitual con el que vamos por la vida para llenarse de luz, para irradiar auténtica belleza en cuestión de segundos. Sus ojos se llenaban de brillo, sus mejillas adquirían color, sus arrugas desaparecían. Era una especie de photoshop en tres dimensiones. Mi cerebro no podía procesar lo que veía. Era irreal. Era imposible. Yo sentía vértigo al verlos. Volvía a sentir de nuevo, aunque en menor proporción, esa droga corriendo por mis venas. Tratar de separar entre lo que era real y lo que no, era algo que dejaba de tener sentido.

Después la clase continuó y al final de la tarde llegó a su fin. Por turnos, fuimos contando lo que habíamos experimentado y lo que habíamos aprendido de nosotros mismos. Hubo quien volvió a llorar al revivir aquella jornada. Después hubo aplausos, después hubo besos y después hubo abrazos. Éramos una piña. Nos sentíamos como un equipo que hubiera ganado el oro en unas olimpiadas. Salimos a la calle y el aire sabía de otra manera. Algo había cambiado en todos nosotros. A partir de entonces, pocas cosas serían igual.

4 comentarios:

  1. No recuerdo si era una peli ó un libro ó qué, pero se decia algo así como, ¿ers de los que guardan ó de los que comparten?. Tú J. claramente eres de los que comparten. Gracias. Víctor.

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  2. Yo leí otra que decía:

    Lo que das, te lo das. Lo que dejas de dar, te lo quitas.

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  3. Creo que me siento atraída por tu intelecto. Me fascina como escribes, me fascina cada cosa que descubro de cada uno de vosotros... tal vez este despertando en mí cada una de esas cosas... al mismo tiempo que las estoy descubriendo en vosotros.
    Miles de abrazos.

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  4. Si alguna vez dudamos de aquello que la mente de nuestro propio Ente esconde, y a lo que algunos se han atrevido a ponerle nombre como Espíritu, Alma, Ser Superior, la Divinidad del Ser Humano, etc.,aunque no andan del todo desencaminados, se qudan siempre cortos pues lo bien cierto es que solo se sabe cuando se pasa por ahí. Gracias por tu generosidad J. Besos miles. Mascal

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